27/12/09

SOBRE LAS COSAS QUE NO PUEDEN SER DICHAS [CUENTO DE NAVIDAD]

    Sobre la mesa de nogal a la lumbre de las teas encendidas, perdices enriquecidas en salsa de vino, carpas guarnecidas con huevas de salmón, merluzas envueltas en hoja de mostaza, paloma rellena de puré de alcachofa, bullinada catalana a la aceituna, brochetas de langosta sobre masas de hielo, estofado de ciervo rociado de Armagnac, cuellos de oca rellenos de paté, puré de castaña y manzana frita con nueces, salsa de cebolla y naranja caramelizada... Afuera, las volutas de nieve caerán formando pequeños círculos hasta depositarse sobre el porche, sobre el olmo de la entrada, sobre tu memoria...
Ella no te eligió...
Como cada año, la leña del hogar calentará el encuentro y el abrazo del tiempo. El repiqueteo de los cubiertos sobre los platos te recordará que ayer estuviste aquí y que ya vuelve a ser, otra vez, ayer. Las copas de cristal se tenderán hacia las botellas burbujeantes de licores, espumosos y aguardientes. Alguien pedirá abrir las cortinas que ocultan los vitrales abiertos al jardín puntilleado por las lentejuelas de las sombras de los olivos... Los platos vacíos serán repuestos de más aves, más mariscos, más carnes braseadas. Y tú sabrás que, como ayer, olerás, mirarás los perfumes de jabones y lavanda, las redondeces de los escotes, los lóbulos cargados de joyas, los olores de alpaca y cigarrillos encendidos, de pintura labial y máscara, de coñac derramado, de digestiones pesadas y laca de uñas. Y observarás esa pira de la memoria, esa resurrección fermentada de todos los hechos, entre risas, palabras y preguntas de hombres y mujeres que se dirán, a veces con la mirada humedecida, que no habrá más tiempo que éste,...
Y tú recordarás que ella no te eligió...
Recordarás aquellos días en que tu destino te perseguirá con olfato de chacal... te encontrará... no se detendrá hasta dar contigo y te traerá aquel viejo olor a melancolía de sol y arena, a abulia de platos sucios, a vejez de playas solitarias en tus mejillas hirvientes de canas, a olor de tierra abandonada, a ternura de patio de colegio, a materia de la que están hechas todas las almas... El destino te acabará encontrando y  será entonces cuando recordarás que nunca te podrás parecer a ellos. Pero eso ellos no lo saben. Y todo lo dejarás atrás una vez más, porque sólo tu deseo forja tu destino, porque sólo tú sabes que ella no te eligió.
Y contemplarás en silencio sus rostros, escucharás tus pláticas: ...este año la cosecha se ha perdido... pues, claro, el precio de las acciones con lo de tu tío era de esperar... sí, este año el nuevo colegio de Hugo va mucho mejor... el mes que viene ya damos la entrada de la nueva casa... fue a semana pasada cuando le ví y me dijo que le ingresaban de urgencia... mamá, creo que el niño se ha dormido... pues mira, creo que lo mejor es vender las participaciones de la empresa... 
Y tú cerrarás los ojos... no, no me pongas más vino... buscarás en la brisa el perfume de otra tierra, el aroma de otros mediodias, el brillo de otras pupilas. Y alguien te preguntará qué tal te va por Barcelona, cómo es tu vida en la ciudad... Y tú pensarás en el páramo de tu recuerdo, cuando ya hace mucho que decidiste exiliarte del corazón del hombre y habitar lejos del doloroso crepúsculo del amor entintado de  miedo y deseo.
Pero tratarás de recordar para olvidar lo que ella quiere que tú recuerdes... Y hallarás nuevos rostros, nuevas gentes, nuevas historias... toda esa gente que buscaste, que te encontró, que algún día perderás en un tiempo inexistente, en un universo que no conoces porque nunca empezó y jamás terminará. Un mundo donde sentirás el peso insoportable de las palabras jamás pronunciadas de aquellos a quien no conocerás, de todas las cosas que no pueden ser dichas porque, al fin y al cabo, ella no te eligió.
Nunca lo hizo...
S.T.
Navidad de 2009

(c) http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/
Del text: Sílvia Tena



08/12/09

DONA


Et vas empassar els núvols de la meva tardor
que et cordava l’últim tram de la finestra de la teva saviesa
amb la textura rugosa dels records
per desfer-te en un sospir.

Encesa, camines pels camps i rieres
abraonada a la recerca de la teva relíquia
amarada de feminitat, esborrada sota el burka de la nostra mirada
incendiada de carmí barat.

Dona extraviada i eterna
d’un passat fet a pedaços de vida, de vides
enfonsada per centúries, ets fum d’història,
sumint-te en el tapís de les Parques, sotjant la beutat darrere d’un somriure.

Avui et pesen les sabates de taló
massa adéus, massa crepuscles cremats
davant el mirall del temps conjugues tardes de soledats compartides
per escapar de la dona trepanada d’ocasions tastades.

Abocada a l’eternitat de la matriu nodridora
mare arquetípica, hereva de pit, trànsfuga de llet de bressol,
seràs perpètuament custodida
per la saó de la teva sang.
S.T.

(c) http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/
Del text: Sílvia Tena
De la imatge: Life.

ESTATUA DE SAL


Me llamo Lilith y mi nombre nació para ser recordado en las arcas del olvido. Nací en la noche de los tiempos, un atardecer de verano en una pequeña playa de terciopelo azul cerúleo y arena centelleante. Algunas nubes carmín a duras penas tapaban aquel implacable sol de estío. El calor era asfixiante, pegajoso…
Recuerdo haber visto por el rabillo del ojo algunas personas caminando por la orilla, bañados en sudor. Se protegían del sol con blancas túnicas de lino. Yo, mirando el horizonte, rodeada de conchas, algas y estrellas de mar, sonreía pensando cuan bello era aquel azul cobalto. Quizá ya lo sabía antes de venir aquí, por eso nací sonriendo.
Al principio se crearon mis pies, mi cadera y mis muslos. Luego mi cuerpo desnudo, del marfíleo color de la sal, hecho del duro tacto de los recuerdos. Tomé forma de mujer, henchida, nutricia, enorme… Mis negras pupilas me ayudaron a ver el mundo: un océano infinito salpicado de blanca espuma y unas leves rocas a lo lejos.
Cada tarde, el viento peinaba mis cabellos. La gente me miraba al pasar. Todos parecían contentos de verme allí, ofreciéndome toda como un presente de la Madre Tierra. Pronto me dí cuenta de que mi destino era la impertérrea inmovilidad. Tuve que contentarme con mirar al horizonte, al cielo y a las nubes. Apenas podía prestar atención a la arena, las conchas o las personas que se de vez en cuando se acercaban… Pero aquello me bastaba. Una tarde, un niño de pelo ensortijado que paseaba de la mano de su padre, se me acercó y con una sonrisa en los labios me retiró un papel de plata que se había puesto encima de mi ojo. Luego con sumo cuidado me quitó tres o cuatro colillas que la gente me había incrustado en los pechos. Le dí las gracias, el niño me miró por un instante más, se encogió de hombros y corrió hacia su padre. Jamás le volví a ver.
Aquella noche saludé a la Luna. Le pedí disculpas por no poderle hacer una reverencia. Dije hola a las estrellas y los planetas y me dispuse a charlar con ellos. Creí que había conversado con todos ellos, cuando de no sé por que rincón, aparecieron más estrellas, deseosas de contemplarme y saludar. Era ya de noche cerrada y el viento se había vuelto más fresco. Antes de terminar mi charla con ellas, me debí de quedar dormida… No recuerdo haber soñado. Cuando desperté, los puntos incandescentes del cielo estaban en silencio… la Luna se había escondido detrás de una nube para no molestarme y el viento caminaba de puntillas para no hacer ruido. Fue entonces cuando presté atención al Océano. Venía por la derecha, se acercaba implacable, poco a poco… Sin duda, se había percatado de mi presencia. Hablaba con infinidad de voces, rumores… Susurraba palabras desconocidas. Eran las voces del tiempo. Aquel océano cobalto era de un tamaño inconmensurable y se movía a oleadas de una espuma blanca y rizada que avanzaba hacia mí inexorable. Antes de darme cuenta me besó los pies, subió por los tobillos, los muslos… Poco a poco me fue envolviendo con vacilación premeditada, yendo y viniendo, con pasos largos y lentos. El olor a mar empapó mi cuerpo y me deshice en él, me impregné de él enroscada en su espuma blanca, ardiendo de deseo. Ya no era Lilith, era miles, era millones, perdida en la inmensidad de las aguas.
Fui invitada a reinar en el mundo oceánico como una Diosa madre, poderosa, omnipresente. Obtuve el favor del Mar y de las oscuras profundidades y, aún hoy, hasta las díscolas sirenas me respetan, las ballenas me cuentan la historia ancestral del mundo y yazgo con el Mar cuando nadie nos molesta… Solos, eternos…
S.T.
(c) http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/
Del text: Sílvia Tena



01/12/09

PREMI ALFONS EL MAGNÀNIM. Modalitat poesía en valencià. Edició 2009.

http://www.xarxallull.cat/moodle/mod/forum/discuss.php?d=79
La Institució Alfons el Magnànim organitza cada any els Premis Literaris “València” Alfons el Magnànim, en les modalitats de: poesia en castellà, narrativa en valencià i poesia en valencià. En l’edició d’enguany, Iban León Llop, ha estat guardonat en l’apartat de poesia en valencià per la seva obra Crònica de Calàbria, que properament serà publicada per Bromera.
Iban León, nascut a Borriana (Castelló) el 1975, és professor d’estudis catalans de la Universitat de Sàsser, Itàlia, i té una excel·lent producció literària que inclou, a banda del guardonat, quatre poemaris (Llibre de Nàpols, Blue Hotel, Pell de salobre i Fustes corcades) i traduccions de poemes de Giorgio Caproni i Dacia Maraini.
(C) Institut Ramon Llull

MINA LOY "Aphorismes del Futurisme" (1914)

[Fragment de text de Mina Loy, llegit per Charles Bernstein com part del programa "Futurism and the New Manifesto". MOMA, 2009. Recital de poemes organitzat pel MOMA amb la col.laboració del Poetry Magazine].
Amb commemoració del primer centenari de la publicació del Manifest Fundacional del Futurisme, els poetes Charles Bernstein, Thomas Sayers Ellis, Joshua Mehigan i Alicia Stallings reciten poemes i textos contemporanis al voltant del futurisme.

22/11/09

EL SOLDAT

[AL JOEL, EL MARTÍ I EL JORDI]  
                     Era el final de l'estiu i en l'època de la sega del blat no ens quedava altra cosa que omplir les llargues tardes vagarejant pels camps i perseguint gats a pedrades.
Pels matins la mare ens rentava les orelles i les mans abans d'anar-se'n al camp. Ens advertia que no anéssim a la bassa de l’Eustaqui, que allà no hi havia més que muls i gallines malaltes. El meu germà petit, el Serafí, havia caigut en un regueró de la bassa la tarda anterior i el pare havia hagut de portar-lo en mula al poble del costat, on era l'apotecaria i el metge. La mare sempre em deia que portés amb mi al Serafí, que era massa petit per caminar tot sol, però jo ja era un home i no volia que em veiessin amb un mocós que, a sobre, havia de vigilar tot el dia.
-On anem, tete? -em va preguntar el Serafí un matí.
-Anem? Tu no véns, nan. He quedat amb l’Oriol per anar a la farga.
L’Oriol era el fill del ferrer del poble. Al poble li deien “el tenalles”. M'encantava quedar amb ell i que em veiessin amb un noi gran, fornit... d'aspecte gairebé salvatge. No em cansava d'admirar els seus braços forts com troncs. Segurament podia aixecar un sac de blat ell sol sense immutar-se, com tantes vegades havia vist fer als homes del poble. Clar que l’Oriol tenia ja tretze anys, un més que jo i gairebé deu més que el capgròs del meu germà. L'any que ve jo també faré això -pensava jo cada vegada que veia aquella explosió de força bruta-.
Aquella tarda, l’Oriol i jo havíem quedat al pati que hi ha darrere de la ferreria del seu pare, des d'allà aniríem al riu i faríem allò que portàvem pactat des de feia uns dies. Jo m’havia hagut d’emportar com sempre al Serafí, així que li vaig demanar el meu germà que agafés la seva joguina favorita. Quan arribarem a la farga, l’Oriol ja ens esperava.
- Què Jordi? Has portat això?
- Sí.... i també el Serafí ha portat el seu.
- "Pim", "pum", "pug", "bum"… -el Serafí estavellava contra una paret, una i altra vegada, el soldat de fusta que havia agafat de la golfa de casa. Simulava amb les seves petites mans, una guerra que creia guanyada d’avançada.
- Jordi ... sabies que a la Sara ja li ha vingut això? -em va preguntar l’Oriol amb la mirada de defujo i un somriure sorneguer als llavis. El Serafí continuava batallant amb el seu soldat. L’enlairava i l’estavellava mentre emetia sons de metralletes i bombes.
- Que li ha vingut el què? Aquest matí l’he trobada a la formatgeria i anava només amb la seva mare -vaig dir tot estranyat-. L’Oriol en sabia molt de tot això. La mama sempre em deia que no m'ajuntés amb el fill del ferrer perquè era un bergant que s'havia criat sense mare i se sabia totes les maldats i més si eren coses de noies.
-Ja veus, a la Sara.... dins de res li creixeran... ja saps... -i va fer un gest amb les mans a l'alçada del pit. L’Oriol va deixar anar una rialla en veure que em posava vermell en entendre què era allò que li havia vingut i que li faria crecer...bo... això...
Em vaig girar per vigilar el Serafí. Continuava amb la seva batalla. Ara semblava desenvolupar-se en l'aire fent planejar al ninot i fent-lo caure en barrina per simular un imminent atac aeri.
- Escolta Serafí, ara farem un vaixell perquè el teu soldat, la meva cometa i la pistola de l’Oriol se'n vagin...
- On se'n van, tete? -els ulls del Serafí es van engrandir i em van interrogar des d'aquell profund blau cristal•lí.
- Bo, ets un home o no? -va dir l’Oriol. Si vols venir amb nosaltres, hauràs de fer el que fem nosaltres.
- I jo, podré pujar al vaixell, tete?
Aquell dia baixarem fins el riu. Començava a caure la tarda i una brisa freda ens tallava el nas. Ja estàvem a la tardor... en aquelles muntanyes es notava la seva arribada amb prou feines començat el setembre. Per les tardes, els núvols s'agafaven els cims... Van començar a caure les primeres gotes i a les teulades de pissarra s'escoltava el cloc, cloc de l'aigua. Mentre jo m'entretenia mirant els tolls d'aigua, l’Oriol en un treis-i-no-res va tenir fet el vaixell de cartró. Tot seguit, vam posar les joguines a dintre. L'Oriol diposità el nostre vaixell a la mar... Trontollà un instant.
Mentre cridàvem de joia, el vaixell va començar a surar riu a baix. A dintre, el cos del soldat romania immòbil, borni d'un ull i manc d'un braç; igual que en els últims cinc anys.
Ens vam quedar tots tres mirant el soldadet. Aquell ninot va ser la meva primera -i única- joguina. Encara recordo el moment en què l'oncle Carles ens el va regalar. L'havia portat d'Amèrica. Això va ser molt abans de la guerra. El nostre soldat havia aguantat mil batalles campals, desenes d'immersions submarines als bassals i milions de caigudes lliures sense paracaigudes des del meu llit. Després va venir el Serafí i el soldat va deslliurar bombardeigs, barrines en aeroplà i fins i tot va sortir sa i estalvi de les rodes del tractor de l'oncle Manuel.
Però avui havíem decidit alliberar el soldat i altres joguines que ja no ens entretenien. Les seves batalles ja no eren les nostres. Els homes saben d'això -vaig pensar-.
- Fins sempre, soldat! –cridarem l’Oriol i jo, orgullosos de la nostra homenia.
Però només les nostres dues veus es van sentir. Quan em vaig donar la volta, vaig veure el Serafí amb la mirada perduda al meu costat... Dues llàgrimes clares com l'aigua van brollar dels seus immensos ulls blavosos i en un esforç per no esclatar en plor, es va agafar la vora del meu pantaló.
S.T.



DESCOBERT PER CASUALITAT A L'AJUNTAMENT DE GANDIA, UN ORIGINAL DEL 1966 DEL POETA V. A. ESTELLÉS AMB 19 POEMES, LA MEITAD D'ELLS INÈDITS

http://www.avui.cat/cat/downloads2/estelles.pdf

L’original consta de 40 pàgines i està dividit en cinc parts –més formals que temàtiques– separades amb números romans i sense títols. De tots els poemes només havien vist la llum sis sonets i tres poemes; la resta, quasi tres quartes parts del llibre, segueix inèdita, com ara el darrer poema, Misser Mascó, 17. El centre d’estudis CEIC Alfons el Vell ja ha anunciat que aviat els publicarà tots plegats.

21/11/09

BITACORA DE UNA CAIDA


                         [PARA C.H. POR ENTENDERME]

- Haces bien en casarte con Eva. Es una buenaza y no te dará problemas. Además, esta forrada -me dijo German ayudándome a ajustar el nudo de la corbata antes de ir a la ceremonia.
La iglesia estaba repleta. Apestaba a violetas y rosas. Los bancos de madera lucían abarrotados de flores y frutas extrañas. Por las vidrieras entraba una luz amarillenta que me hería los ojos. Desde el altar vi entrar a Eva del brazo de su padre con un aire bobalicón y ensimismado.
Eva es tonta. Es guapa, más que guapa, guapetona, apetitosa; como esos postres dulzones que cuando les hincas el diente resultan demasiado empalagosos. A Eva no le gusta salir, ni la noche, ni viajar. Sólo le gusta dormir.
Oía de fondo al sacerdote que nos estaba casando y pensé “bueno, con la fortuna de la familia viviré tranquilo, acabaré Derecho y los domingos iré con German a jugar al golf”. Al cabo de un rato oí los vítores y aplausos de la gente en la iglesia. Por lo visto, la ceremonia había acabado. A la salida de la iglesia, la muchedumbre nos esperaba para lanzarnos arroz y pétalos de rosa. Los niños gritaban ante el sonido de las campanas. Medio empujados por la gente, llegamos hasta el parque junto a la iglesia donde nos esperaba el fotógrafo. Recuerdo que nos sentamos en uno de los bancos de aquel parque para hacernos las fotos. Que si ponte de perfil, que si mírala a ella, ahora mírale tú a él, que si rodéala con el brazo…
Hoy, veinticinco años después estoy sentado en aquel banco del parque. En estos veinticinco años no he hecho nada especial en mi vida. Me casé con Eva –ya lo he dicho-, acabé Derecho y me puse a trabajar en la fábrica. Allí no tenía gran cosa que hacer; era el hijo del amo. Cuando mi padre murió, idiotamente, de una neumonía en Burgos, seguí siendo el hijo del amo. Con Eva viví bien los primeros años. Ella era tranquila y prefería quedarse en casa. Aventuras amorosas sin que ella lo supiese no había dejado de tener: Laura, una amiga de Eva, a la que le entraron los remordimientos, Mariana, una chica de la fábrica… y lo que fuera saliendo al paso. Yo en realidad, lo que prefería eran las…. Bueno, eso. No que cuanto más lo fueran más me gustaran, no. Mas bien lo contrario; modositas pero guapas, delgadas, con clase. Hasta que dí con Mónica. Congeniamos enseguida y le puse piso. Pero nos aburríamos. No me divertía ir por los cafés que frecuentaba antes porque me molestaba pensar que algunos de aquellos hombres -por no decir todos-, se habían acostado con ella. Y andar por los cafés, cines o teatros de la gente bien no era conveniente por el que dirán y para que no le fueran con el chisme a mi santa esposa. Así que Mónica y yo empezamos –un poco porque sí- a ir a tascas, clubs y sitios de mala muerte. Al principio no me gustaba, pero me fui acostumbrando. No me fastidiaba mi casa o la fábrica, no, eso no… yo seguía haciendo mi vida con Eva, pero los restoranes elegantes, el casino, el golf o las carreras se me fueron haciendo intolerables. A Mónica le pasaba lo mismo.
En las tabernas y los garitos nos recibieron como si tal cosa. Nunca nos tocaron un pelo. En El Caballo Azul, donde dicen que le quitan a uno la cartera con la derecha y la mujer con la izquierda, nunca tuvimos el menor problema. Si saco a relucir El Caballo Azul, es porque nos fuimos acostumbrando a ir allí todas las noches y acabamos formando parte de una tertulia. Gente fina –no va de broma-: Juan el manco, Emiliano el Pocapena, “el Chile”, Juancho el Duque, Miguelón… carteristas, chulos, ladrones de poco pelo, maleantes todos.
Enseguida nos tuvieron por suyos. Nunca se preocuparon por saber quieres éramos. Además, respetaron a Mónica. Por las tardes jugábamos pequeñas cantidades al tute, al mus o al dominó. De vez en cuando algunos de ellos iban a la cárcel. Recurrían a mí para que interviniera. Una vez, me pidieron si podía sacar a un tal “Cuchillas”. Tuve que hacer unas gestiones pero con mis influencias lo saqué. Lo hice por simpatía, sin un fin a priori. Aquello les impresionó. Se me ofrecieron todos para lo que fuera. Los criminales son tan decentes como los demás. Poco a poco me fui interesando por sus modos de vida.
Una noche el Chile y Juan el manco habían decidido llevar a cabo un robo. Les acompañé un poco por curiosidad. A Mónica aquello le pareció bien. Eran las once de la noche, la luna iluminaba la calle cerca del casino. Andábamos paseando por la acera simulando que acabábamos de salir de tomar una copa. Mientras dos de nosotros paseábamos por los alrededores del sitio, el Chile y el Manco se introdujeron en la casa escogida. No sé el tiempo que pasó. Encendí un cigarro y miré hacia el cielo… estaba claro y sin estrellas. Al cabo de unos veinte minutos, salieron y nos fuimos tranquilamente a un café que había en la calle Zapadores. Aquel café olía a tabaco y a coñac. Buscamos una de las mesas redondas del fondo y allí, simulando jugar al póquer, nos repartimos el botín. Aquel dinero fácil entre mis dedos me produjo un placer desconocido.
Poco a poco aquella vida me empezó a gustar. Llegó el verano y seguí acompañando a unos y a otros a los pequeños robos en las casas de la gente bien. Les indicaba dónde podían ir a robar; a casa de la marquesa de Medina, a casa del boticario, a la del médico… Yo conocía todos los lugares. Me convertí en el héroe.
Un día les expliqué cómo era la casa del Marques de Sotillos. Pero me dijeron que tenían otro “asuntito” en la otra parte de la ciudad y que lo hiciera yo. Aquella noche cené poco. Estaba nervioso. Conocía la casa pero ahora era distinto. Cuando llegué, la casa estaba a oscuras. A esas horas el Marques y Clotilde, su mujer, están siempre en el teatro. Me deslicé por una de las ventanas del porche. Casi a ciegas tanteé las paredes del salón hasta llegar al escritorio y al retrato de Clotilde que sabía que ocultaba fielmente la caja fuerte. Lo demás fue cosa fácil. Unas escrituras, una bolsita de tela con billetes de quinientos, unas alhajas de Clotilde y un reloj de oro con cadena. Al salir de la casa me flaqueaban aún las piernas pero me sentí poderoso por la fácil hazaña.
Después de aquello, pasaron los meses y a mí me divertía lo fácil que era aquella vida. No me explico porque no hay más ladrones: con un poco de sentido común, el robo es cosa fácil. Me divertían las investigaciones de la policía. Un día hasta acompañé al Maques a la Comandancia. Le enseñaron fotografías. Interrogaron a Emiliano, a Juan y a Miquelón… pero sin resultado. Y no hubo más…
Y fueron pasando las estaciones. Aquel invierno, mi mujer se puso enferma y de Tordesillas mandó llamar a su hermana Mercedes.
Ya es hora de que hable de Mercedes. Mercedes era mi cuñada. Una mujer insoportable. No por nada, ni fea, ni excesivamente gorda pero con un olor que me agobiaba. Aquel olor me atacaba la nariz y se instalaba en mi garganta y mi pecho. Como estaba soltera, se instaló a vivir con nosotros en la habitación de arriba. Mercedes era desconfiada, controladora y hablaba con retintín de mi fidelidad hacia Eva.
Unos dijeron que fue por su dinero, pero eso es falso. Evidentemente era rica y claro está si moría, mi mujer heredaría su fortuna pero aseguro que aquello no pesó en los acontecimientos. En un noventa por cien fue por el olor y el resto por el fastidioso perrito de lana que había traído consigo. Odio los perritos de lana. En realidad, por nada en especial, simplemente me molestan, lo llenan todo de pelos y no lo soporto.
Con la llegada de la primavera la convivencia en casa se hizo insoportable. Eva, influenciada por su hermana, empezó a mirarme con recelo, además el último de los robos nos había traído problemas; habían detenido a Juan. Estaba desquiciado. Todo se había complicado desde la llegada de mi cuñada. Lo estuve pensando y decidí que era un imbécil ¿qué me costaba hacerla desaparecer?
Aquella tarde de Junio, le hablé al Cuchillas. Le dije exactamente lo que tenía que hacer; el día, la hora... Ese día, a las cinco de la tarde, me llevé a Eva a El Escorial, con el cuento de que un poco de aire sano le vendría bien. Y nos quedamos a dormir allí. Mientras paseábamos por los jardines del Infante, mentalmente repasaba el plan que tan cuidadosamente había detallado a mi colega. Al día siguiente, cuando volvimos todo estaba hecho. Sentí alivio y eso que tuve que estar en el velatorio y ¡hay que ver cómo olía la mujer!
Desde entonces fui feliz. Eva recobró un poco la salud y la fábrica no iba mal. Todo parecía estar en su sitio de nuevo. Hasta que a Mónica se le subieron los humos. No sé exactamente lo que se proponía. Tal vez que dejara a Eva y me casara con ella. Las mujeres son así; no se dan cuenta de cómo es el mundo. Para ellas es mucho más pequeño que para nosotros. Además empezó a ponerse pesada con el dinero. Debió de pensar que el dinero de los robos era tan suyo como mío, lo cual es falso. Ya hacía yo bastante con regalarle cuanto me pedía. Además se le metió entre ceja y ceja que quería comprar una finca en su pueblo. Era extremeña ¿Qué se me había perdido a mí en Cáceres?... ¡y mas en el campo! Discutimos. Cuando se le metía algo en la cabeza era capaz de lo que fuese con tal de salirse con la suya. Yo no tenía miedo de que me denunciase: le habría ido tan mal como a mí. Tengo que reconocer, en su favor, que ni siquiera se le ocurrió amenazarme…no… únicamente quería ir a vivir al campo con las ovejas, las cabras y los perros… ¡un espanto! Así que decidí acabar con Mónica.

Fue muy sencillo. Una tarde de Abril, volvíamos de El Caballo Azul, de nuestra partida de mus. Andábamos tranquilamente por la acera. Al llegar al parque nos sentamos en el banco, junto a la iglesia. El mismo banco en el que me senté junto a mi mujer el día que nos casamos. Eran las ocho de la tarde y el parque estaba casi desierto: unos niños correteaban a cierta distancia de nosotros saltando y gritando. Mónica recostó su cabeza sobre mi hombro. Miraba las copas de los árboles verdes en primavera. Observé el pelo ondulado de Mónica y notaba su respiración sobre mi pecho. En ese momento pensé “un segundo más y todo habrá acabado”. Hice el gesto de acariciarle la mejilla con mi mano derecha mientras con mi izquierda rodeaba su hombro. Deslicé la mano derecha a la garganta y la otra a la nuca. Mónica emitió un graznido y me clavó su mirada interrogante. Una bandada de pájaros salió asustada de las ramas de los árboles de detrás del banco de aquel parque.

Nunca me cogieron. Jamás me interrogaron. Con los años, el parque fue arreglado por el Ayuntamiento. Ahora que pienso… al banco le haría falta una manita de pintura.

04/11/09

FRANCISCO AYALA


http://revistas.ucm.es/fll/19891709/articulos/AMAL0909110157A.PDF

29/10/09

LA IMMORTALITAT DEL CRANC


Just al replà de l’escala, la Blanca es va creuar amb el veí del tercer pis, el Martí. Era dissabte al matí i, capficada, havia baixat els esglaons de dos en dos sense mirar. Gairebé ensopegà amb ell.
- On vas tan de pressa, Blanca?
- A la farmàcia a buscar unes medecines. El pare es troba millor. Avui ha vingut el metge.
- Mmm... bones notícies, doncs... –va dir en Martí, girant-se per mirar la foscor dels cabells de la noia.
La Blanca, amb un ràpid gest, va baixar dos esglaons més d’un salt, fent un intent per defugir aquella trobada accidental. En Martí es va quedar al replà, resseguint-la amb la mirada. La Blanca era una noia escanyolida, pàl•lida i amb els ulls més blaus que ell havia vist mai...
El Martí va pujar finalment les escales xiulant suaument. En obrir la porta de casa va deixar l’americana al penja-robes i es va rentar les mans. Després va picar la porta d’en Ferrater. El vell Manel Ferrater vivia a la mateixa finca, al replà de dalt, amb la seva filla Blanca des de feia dos anys, just quan va caure malalt. Gairebé no sortia al carrer des d’aleshores. En Manel era un ancià apergaminat i esmorteït que, des del seu llit de prostració, respirava amb gran dificultat i, de tant en tant, parlava amb un esquifit alè de vida.
- He sabut que està més bé, Manel -va dir en Martí just entrant a l’habitació del vell. L’ancià va fer un gest de negació amb el cap.
- Ximpleries –va dir en Martí en veure el vell Ferrater derrotat i ullerós mentre seia a la butaca que hi havia als peus del llit.
El vell va obrir lleugerament els ulls i el va mirar amb un xic de tristor. Tenia les parpelles enfosquides, de color gris. En Martí va començar a parlar animadament. Va dir que en Ferrater tenia encara molt per viure i que algun dia tornarien tots plegats al seu país, com les orenetes per primavera. I tot seguit, va començar a contar-li una anècdota del passat.
- Va passar quan vaig ser de viatge a Madagascar –va començar a explicar. Va encendre una cigarreta i es va repenjar a la butaca, estirant les cames. El fum de la cigarreta onejava per l’habitació fent petits cercles-.
-Ah!.... aquelles terres salvatges, estimat amic... Si les haguessis vist... Imagina’t un poble al bell mig dels boscos... Les dones, Manel, són voluptuoses i la seva pell sembla ivori negre i l’aigua és neta i clara com vidre. Allà hi ha fruites exòtiques grans com pilotes. I a les nits, Manel, els arbres xiuxiuegen com les ones del mar. Vaig parlar amb el reietó local d’allà. Un caçador belga em va haver d’ajudar amb la traducció. Aquell rei m’explicà que havia vist lleons albins molt a prop dels llacs de Malawi. Era un home panxut i ennegrit com la boca d’un llop. Vestia anelles d’ivori i arracades de fils de colors. I encara et vaig a contar una altra cosa sorprenent que aquell rei em va confessar... En Martí estava gaudint del seu relat, quan el vell el va interrompre.
-La Blanca ja és aquí... –va dir amb un fil de veu-.
En aquell moment, la noia entrà a l’habitació sense adonar-se de la presència d’en Martí.
-Com et trobes, Pare?
Des de la butaca, el Martí la va interrompre; El teu pare està molt bé... ara mateix li explicava una anècdota d’un viatge que vaig fer a l’Àfrica.
La Blanca va obrir la bossa que portava a les mans i en va treure una ampolleta de vidre amb un líquid blanquinós.
-Està plovent... –va dir finalment, mentre comptava les gotes de la medecina que deixava rajar en una cullera. En Martí la mirava silenciosament. Els cabells de la noia brillaven sota les minúscules gotes de pluja que s’havien enganxat a la seva cabellera i li relliscaven pel coll obert de la brusa.
Aquella nit, en tornar a la seva habitació, en Martí va notar alguna cosa estranya. Mentretant, a casa d’en Ferrater, la Blanca es preparava per a una nit llarga, com gairebé totes des que el pare estava malalt. En caure la nit, al vell Manel li pujava la febre. Barbotejava paraules inintel•ligibles i es bellugava compulsivament. La Blanca li posava el termòmetre després de donar-li el sopar; un brou calent amb fideus i pa bullit desfet. Després s’adormia profundament.

Ja queia la nit quan la ciutat humida per la pluja espurnejava de petites llums que procedien de les finestres i de les teulades. Els carrers estaven deserts i la resplendor dels aparadors feia reflexos de llums als petits tolls d’aigua de les voreres. De mica en mica, la nit va engolir la profunditat dels patis i de les places i en algun lloc, les llums vermelles i grogues d’algun anunci pampalluguejaven com els cavallets d’una fira. La Blanca mirà un moment per la finestra; la lluna treia el nas per darrere d’un fil de núvol que s’entretenia pel cel negre i en aquell moment es va sentir petita i sola. Va anar cap al capçal del llit. El seu pare respirava tranquil. El va tapar amb el llençol i es va arraulir al sofà amb una manta. Allà hi feia escalforeta. Encongí els genolls a prop del seu pit. I per fi, tancà els ulls.

Quan ja s’estava adormint, un crit sec la va despertar.
- A rereguarda!... A rereguarda!... El seu pare s’havia incorporat al llit i respirava amb dificultat. Estava completament atemorit i mirava fixament el pany de llautó de la porta que li semblava un fusell apuntant-lo directament.
- No dispareu...! Per pietat, no dispareu!
-Pare, ja està, ja està... no ha estat res... –la Blanca li eixugà el front i amb un sospir el tornà a tapar amb el llençol.
-Vénen per mi, nena. Aquesta vegada, vénen per mi... –i s’adormí com qui cau en un coma profund, més enllà de l’abisme.

Ja sortien els primers raigs de sol, quan un soroll a l’escala la va despertar. Deu ser en Martí que surt a treballar –va pensar la Blanca- i un estrany voleteig de papallones va recórrer el seu cos. Després de preparar l’esmorzar, despertà el seu pare.
-Pare, pren-te això, va... que encara és calent.
-Nena, no puc deixar de pensar en el pati de la casa del poble. Recordes la sitja al costat del riu? Tot aquell blat daurat... recordes quan la mare i tu preparàveu els cistells? Encara em fa mal el braç dret de remenar tota aquella pila de blat mentre tu i els nens del poble corríeu vora el riu.
-Descansa pare, que jo recordaré per tu.

Al matí següent, pels volts del migdia, algú va picar a la porta amb determinació. Era en Martí. Des de la cuina es va sentir una rialleta nerviosa i un soroll precipitat de plats. La Blanca es va esmunyir cap al replà de l’escala i tancant la porta suaument, rebé el Martí amb la mirada fugissera i capmoixa.
-Hola...
-Hola...saps què? El pare està millor, avui. Ha passat una nit molt moguda, però ja no té febre.
La Blanca duia una brusa amb botons i una faldilla blava amb petites flors. Els seus ulls brillaven més enllà de la tristor de les seves pupil•les.
-Avui fa un sol esplèndid –va dir en Martí, repenjant-se al marc de la porta, molt a prop d’ella.
- Saps què? –va dir sobtadament el Martí posant-se les mans a les butxaques- anem a fer un tomb pel camp. Haurem tornat abans de les set...
Ella se l’escoltava sense dir res i el mirava per sota de les seves negres pestanyes.
-Però no puc deixar el meu pare sol... Encara que... –i d’un ràpid moviment es va girar per obrir la porta. Va trobar el seu pare llegint tranquil•lament al sofà.
-Pare, avui m’agradaria anar d’excursió al camp, en Martí m’ho ha proposat...
-Nena, ja has tret el cistell del blat de la teva mare? Corre que el riu ja baixa vermell...
La Blanca se’l mirà amb una expressió d’abatiment i tendresa.
-No trigaré, Pare –i li va fer un petó al front.
-II-
-Sí, Blanca, tots aquells viatges, aquells països exòtics... si ho haguessis vist... He vist palaus daurats a Samarkanda, he caçat ocells multicolors a Ceilan i gaseles femelles als llacs del Mar de Sal. Els aborígens vesteixen amb penjolls de plomes de colors i collarets fets amb ossos i dents d’ivori. I a les nits canten músiques ancestrals per portar la pluja a les aldees. He viscut al desert Vermell on la terra sembla sang i el mar un tapís de vellut blau. No et podria descriure tot el que he vist...
En Martí passejava al costat de la noia i joguinejava amb un bri d’herba que anava enroscant entre els seus dits.
-I mira’m ara, estic tancat en aquesta ciutat, ofegant-me dia rere dia en una oficina com un idiota. Menjant malament i pagant un lloguer que no puc pagar... En canvi, hi va haver uns altres temps en què...
La Blanca se l’escoltava en silenci i caminava donant petites puntades de peu a les pedres que trobava pel camí. De tant en tant mirava la copa dels arbres. El crepuscle començava a pintar el cel d’un blau porpra. Algun ocell voletejava a dalt de la branca d’un pi. La Blanca sospirà.
-Jo quan era gran... vull dir adulta –va dir finalment, mirant les copes dels pins- quan vaig tenir cinquanta anys, vaig recórrer el món amb el meu marit. Rússia, l’Índia, Xile, Kenya...
El Martí se la mirà de fit a fit sense dir res.
-El dia que jo vaig venir a aquest món –va continuar la noia- tenia 83 anys i dos fills. Quan els vaig conèixer, tots ploraven. Al cap d’una setmana, vaig sortir de l’hospital. Em van portar a casa entre els fills i els néts. Als 65 anys vaig començar a treballar, tenia una feina important i la gent em demanava consell. Amb els anys, a mesura que m’anava fent cada vegada més jove, m’anaven acomiadant dels llocs més importants. Vaig tenir els meus fills molt tard. Després, quan vaig fer 24 anys, vaig entrar a la universitat. En aquesta època vaig tenir alguns amics que ara no sé on són. Un dia, quan sortia de la facultat, anava caminant saltironejant amb el paraigua per no trepitjar els bassals. Havia plogut molt. En arribar a la parada del bus, un home se’m va atansar i em va dir “Fa cinc carrers que corro rere teu. Espero que no t’hagis oblidat de mi. Sóc el teu pare”. Poc després va caure malat. I avui el cuido jo sola en aquell pis...
El Martí la va mirar contrariat i confús, però ella continuà parlant.
-Crec que les nostres vides estan escrites abans de néixer, com si naixéssim amb un guió que tan sols ens limitem a seguir, no trobes? Sembla com si tots nosaltres fóssim titelles que es mouen al mateix temps perquè tot el conjunt tingui sentit. Tan sols som lliures per recordar... El que recordaràs demà serà el que vas sopar ahir o quina roba portaves avui, però, què passaria si quan volguessis recordar sols et vinguessin al cap aquelles coses que et passaran? Què et passaria si estiguéssim caminant cap enrere el camí de la nostra vida, com els crancs...? Doncs això és el que em passa a mi. No sé quin tema ens van explicar a la facultat ahir, ni tampoc quina era la meva joguina preferida de petita, però sí que sé que un dia tu i jo tindrem una casa amb pati i tindrem els nostres fills i néts. I algun dia llunyà tu marxaràs...
Es va produir un silenci. En Martí va aturar-se un moment. Tirà el bri d’herba que encara duia entre els dits i parlà amb una veu fosca i greu.
-Hi ha una cosa que t’he de dir, Blanca. Mai no he estat a Samarkanda, ni tampoc a Ceilan, ni al Mar de Sal. Mai no he caçat gaseles ni he cantat amb aborígens. Faré trenta-dos anys d’aquí a uns mesos i llevat d’una desena de pobles i un parell de ciutats a Europa, mai no he vist res més. Perdona’m si us plau... –i per un moment va notar una gran melangia per totes aquelles fantasies que havien omplert la seva vida des de ben petit-.

Començava a fer fresca, les copes dels pins feien xiu-xiu al compàs de la brisa del capvespre i la silueta de les muntanyes s’esvaïa entre les llums del crepuscle.
-Tens una formiga a la camisa –va dir la Blanca mentre li agafava el petit insecte que se li havia parat al pit.
-Em menysprees gaire? Li va dir en Martí desvalgut.
Ella va riure.
-No siguis ximplet. Sóc igual que tu. M’explico històries i després, és clar, tinc la impressió que realment han passat. Menteix-me un altre cop, conta’m més coses dels teus viatges, si us plau –li digué, i en Martí va treure el paquet de tabac de la butxaca.
-Una vegada, quan vaig estar destinat a Filipines...
I de sobte, la llum porpra del capvespre es va filtrar per les branques dels pins. El bosc s’anava fent daurat. Van arribar fins al llac. L’aigua era fosca i reflectia els llums dels primers estels i van tenir la impressió que estaven al seu país. Recordaren els paisatges de l’aldea i ella es va sentir feliç d’aquella felicitat estranya i de què ell li fes aquell relat meravellós sense sentit. Van caminar fins a la vora del llac on hi havia una petita barca encallada. No hi havia gent, sols s’escoltava un xiuxiueig de cotxes llunyà. Van pujar a la barca i van seure. Van fer com si viatgessin en un luxós transatlàntic amb tripulació i orquestra. Ella reia i ell li contava no sé què d’uns pigmeus que fan balls ancestrals cada vigília de lluna plena. I van riure com si sempre haguessin estat allà en aquell transatlàntic luxòs...
Al cap d’una estona, ella s’aixecà de sobte... la barca va trontollar...
-He de tornar a casa –va dir ella, adoptant un semblant seriós al rostre-. Tinc la sensació que el meu pare està pitjor. A aquestes hores sempre li puja la febre. No l’hauria d’haver deixat sol.
-Però Blanca.... encara no hem pagat el passatge!
Mentre acceleraven el pas pels camins, en Martí la va agafar del braç i, mirant-la fixament, li va preguntar de sobte: creus que em menteixo a mi mateix? Tinc un amic que estigué a l’Àfrica i és incapaç de recordar res, sols sap parlar de l’oficina, de la seva dona i de la vida que fa cada dia. Quin dels dos ha vist realment l’Àfrica? I tu, Blanca, digues-me des del teu futur si algun dia recordaràs aquest capvespre, i si tindràs un lloc per mi al teu passat.
I ella se’l mirà amb els seus infinits ulls blaus i callà.
En arribar a casa, la llum encesa de l’habitació del pare la va sobresaltar. La noia pujà les escales acceleradament i just al replà li va semblar sentir unes veus. Va obrir la porta i va veure la portera de la finca i el metge sortint de l’habitació. El pare havia mort. La Blanca va notar com li trontollaven les cames. De puntetes, com per no fer soroll, va anar cap a la capçalera del llit. Apropà la galta a la cara freda del pare mort i amb un trist somriure li va dir a cau d’orella;
-Tranquil, papa. Et veuré demà a la sitja vora el riu quan el blat estigui daurat i la mare et porti el cistell –i, amb els ulls tancats, li va fer un petó al front -.
Agraïments: Anna Skoumal Canals


25/10/09

ORADOUR. JUNIO DE 1944.



Aquel sábado había amanecido un día despejado y tranquilo. Hoy toca distribución de tabaco y visita médica para los niños. Los restaurantes y bares están a estas horas llenos de pensionistas y aficionados a la pesca que cada verano llegan hasta el pueblo en busca de las tranquilas aguas del Glane.
Son cerca de las dos y cuarto de la tarde en el reloj de la plaza. El pueblo duerme la sobremesa de verano. Un coche ocupado por un oficial alemán rompe el silencio y la calma de las calles. Nadie se inmuta; los nazis pasan por allí a menudo sin detenerse, camino de Limoges. Tras ese primer vehículo, que no ha pasado de largo, llega otro… después otro más… y otro… hasta que una hilera de coches se ve avanzar por la carretera de Limoges en dirección a la Plaza del Mercado. Un grupo de soldados desciende de los vehículos militares. Se organizan en tres filas mientras dos carros blindados han tomado silenciosamente posición frente a la puerta de la iglesia. De uno de los coches oficiales ha descendido un hombre bajito, de gafas oscuras y gesto obtuso. Viste los galones de comandante. Tras dar una breve orden a un oficial, manda a buscar a Jean Depierre, el herrero de Oradour para que, a golpe de metales, recorra las calles convocando a todo el mundo a presentarse en la Plaza para la inspección de los documentos de identidad. Mientras tanto, otros oficiales van casa por casa en busca de los rezagados, forzándoles a dirigirse al punto de agrupamiento. Se ve a gente enferma sacada de la cama; todavía llevan el pijama puesto. Marcelin Thomas, el panadero del pueblo refunfuña frotándose contra el delantal las manos aún llenas de harina.
Son casi las tres de la tarde y la plaza se ha llenado de gente. El comandante en jefe manda llamar al alcalde, Monsieur Desorteaux, un hombre de mediana edad, gran amigo de Latour.
- ¿Dónde esconden los depósitos de armas? –grita el comandante a bocajarro.
- Aquí no hay tales armas, Herr Komandant –escueta Desorteaux con ojos de profunda confusión.
Hasta tres veces negó un cada vez más atemorizado alcalde. El comandante visiblemente enojado, manda agrupar a un puñado de hombres jóvenes; iría matando uno a uno si Desorteaux no confesaba la implicación de Oradour en la Resistencia.
Tras mucho argumentar, el comandante con un golpe de talón, empieza a vociferar palabras indescifrables a sus oficiales de mayor rango que, siguiendo sus órdenes, comienzan a separar a los hombres de las mujeres y niños. Hacen dos hileras…
La gente empezó a murmurar…
De repente, los hombres son llevados a voz en grito hacia las afueras del pueblo donde están los garajes de Beaulieu y los almacenes de grano. La incertidumbre se apodera de la plaza del pueblo donde, retenidas por los soldados, esperan las mujeres y los niños.
El reloj del campanario anuncia la hora; las cuatro de la tarde. De repente un atronador silencio se apodera de la plaza hasta que, repentinamente, un estruendoso sonido ordena a voz en grito dirigirse hacia la Iglesia, cerca del río.
Enma, que estaba entre la muchedumbre, sintió un escalofrío de horror camino de la Iglesia de Saint Paul. Presentía que algo horrible iba suceder y no era precisamente inspeccionar los documentos de identidad. Al entrar en el templo, Enma trató de buscar una cara conocida entre la muchedumbre presa del pánico y el caos. Los soldados empezaron a empujar con sus armas a las mujeres de más edad y a los niños pequeños contra las paredes de la iglesia. Enma creyó ver junto a una de las capillas a los asustados hijos de Latour, Mathieu y Thérese. Trató de llegar hasta ellos pero un oficial la golpeó en la cara con la culata de su pistola.
De repente, un fuerte estruendo se oye en el centro del templo, provocando una explosión de cascotes y piedras. Enma apenas podía vislumbrar por entre la columna de humo de las cargas de explosivos que los oficiales habían colocado en el centro de la iglesia. Afuera de oían disparos…
Una reacción de pánico desaforado convulsionó a las mujeres cuando la iglesia estalló en llamas. Con ayuda de los bancos, candelabros y cuantos objetos pudieron encontrar, algunas mujeres intentaron derribar la puerta de la sacristía. Al tercer golpe la puerta cedió. Un túmulto de mujeres se arremolinó hacia la puerta de la pequeña sacristía cuando de repente, sonaron las ametralladoras. Los gritos se silenciaron. Se hizo el silencio…
Otras metralletas disparaban desde afuera hacia los ventanales de la iglesia por los que las mujeres que aún quedaban con vida intentaban escapar de las llamas.
Enma agarró al pequeño Mathieu por un brazo y lo arrastró hacia un rincón, tapándole la boca para sofocarle el llanto y protegerle del denso humo. Presa del pánico se dejó caer entre los cadáveres que yacían por el suelo. Contuvo la respiración. La ráfaga de disparos aún continuó unos segundos más y luego paró… Ahora el silencio era hueco… ningún niño lloraba ya. Enma no se atrevió a respirar… Muy lentamente se arrastró hacia una esquina del altar donde las llamas aún no habían llegado y cuando hubo tomado fuerzas, aprovechando la densa cortina de humo, saltó por la ventana. Al ir a coger al pequeño Mathieu para llevarlo consigo en sus brazos, comprobó que había muerto asfixiado… no tuvo más remedio que dejarlo atrás.
Una vez fuera, gateando por el suelo, rota de dolor, se agazapó en un viejo cobertizo medio en ruinas que había junto a la iglesia. Allí se sintió a salvo. Aterrorizada se puso en cuclillas para no ser vista, estaba jadeando de miedo y con el brazo derecho ensangrentado por el golpe de la caída. Contuvo la respiración una vez más para escuchar lo que ocurría en el exterior. A lo lejos aún se oían disparos y un horrendo olor a quemado inundaba todo el valle. Columnas de humo gris se levantaban desde los cobertizos y graneros donde habían sido tiroteados los hombres. Los carros blindados seguían en sus puestos y un grupo de oficiales merodeaban por el bosque cercano rastreando posibles desertores y huidos.
El latido del corazón le golpeaba las sienes y la garganta y Enma temía que el hilo de sangre que ya llegaba al suelo la acabara delatando. Pero el horror la superó hasta el límite de lo soportable cuando, por una rendija del viejo cobertizo de madera, miró al norte. Entonces lo vio.
Al otro lado de la colina, entre unos árboles y un viejo pajar, su hermano Andrée, vestido de riguroso uniforme alemán, se disponía a disparar a la sien a Prévost que, arrodillado, cerraba los ojos en espera de su final.
S.T.
NOTA: Relato basado en hechos reales.
(c) http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/

ESTACIÓN DE ORADOUR. 25 DE MAYO DE 1942.

La estación de tranvía del pueblo es un caserón de una sola planta, con una fachada decorada en bajorrelieves de estilo neoclásico. Una puerta, adornada con un dintel y dos capiteles, da acceso a un distribuidor. A ambos lados se abren sendas ventanas acristaladas y rematadas con hierros de forja de motivos vegetales y flores de loto. Justo delante de la fachada de la estación, se abre un amplio espacio que da cabida a dos sencillos andenes; uno en dirección a Limoges y otro en dirección contraria. Cuatro amplios bancos y un reloj inglés completan la decoración del lugar. Del lado occidental de la fachada, parte una vereda flanqueada de altos álamos de hojas verdes esmeraldas y amarillas. Al otro lado de la alameda se ve un Colegio. Es un viejo edificio de color rojizo con enormes ventanales y una gruesa puerta de nogal. Hoy es lunes. Hay gente paseando por la alameda.
Andrée y yo caminábamos a paso lento por las sombras de los álamos de la calle Confolens en dirección a la estación. Eran las doce del mediodía y una algarabía de niños en pantalón corto y boina oscura se arremolinaban a la salida del colegio.
-Regresaré, hermana. Ten por seguro que volveré para sacarte de aquí. Aquellas palabras de Andrée martilleaban en mis sienes.
Parecía un lunes cualquiera… pero no, nada iba a ser lo mismo. Yo aún no sabía que ése iba a ser el último día que vería a Andrée antes de aquel fatídico momento en que nuestras vidas cambiarían para siempre.
-¿Por qué me miras así, hermana? ¿Qué tienes? -me inquirió Andrée-
-Nada, sólo recordaba cuando éramos unos críos. Recordaba nuestra vieja Alsacia con su verde campiña y sus veranos en Selva Negra. Luego vino la Guerra y todo lo cambió y…
Habíamos llegado al andén principal de la estación y, vencida por el desánimo, me dejé caer desfallecida en uno de los bancos. Andrée se sentó a mi lado y me cogió la mano.
-Deja de torturarte, Enma. No podemos volver mientras el Reich mantenga ocupada la zona. Es mejor esperar.
-Sí, lo sé… pero no me fío de Latour. No entiendo por qué te envía allí ahora –dije, sacando de entre mis dedos un pañuelo para enjuagarme las lágrimas.
-Latour tiene sus motivos. Es un hombre oscuro, pero recuerda lo que nos dijo papa antes de venir aquí.
-Sí, si… pero he oído que están reclutando alsacianos para la Wehrmacht. El otro día se lo oí decir a Marcel en el Café Boulange. Andrée iba a posar su mano en mi hombro cuando un oficial vestido de uniforme se nos acercó. Se para ante nosotros.
-Zeigen si emir ihren Ausweis, bitte -dijo en voz grave y seca-
Sin mediar palabra, Andrée sacó del bolsillo derecho del chaleco su tarjeta de identidad y un viejo pasaporte con tapas de color burdeos. El oficial los inspeccionó durante unos segundos y, al tenderle la mano para devolverle los documentos, replicó en tono hueco
-Halten sie ein auge auf ihren koffer auf der plattform.
Andrée se limitó a hacer un gesto de aprobación y se despidió del oficial con un saludo militar.
-¡Qué haces insensato! –recriminé en voz baja a Andrée una vez que el oficial se hubo ido.
-Tranquila, éstos sólo vigilan la seguridad de las comunicaciones. Recuerda que estamos en una estación. Además, Latour lo tenía todo previsto y me ha dado una valija para cruzar el país. Tú aguanta y espérame aquí. En casa de Latour estarás a salvo.

El sonido del tranvía acercándose por la vía y el silbato del guarda-agujas me sacaron de aquel estupor consternado. La locomotora de negro hierro y envejecido latón exhala un denso humo grisáceo. Al llegar al andén, los frenos de la máquina empiezan a chirriar de una manera estruendosa. La locomotora se detiene y los álamos se mecen con el viento. Miré una vez más a los árboles de la alameda y me dispuse a caminar en silencio al lado de Andrée hacia el andén de pasajeros, hasta que el chasquido de los frenos del tranvía acabó por ahogar mi llanto.
-Y sobre todo recuerda lo que dijo papá antes de venir aquí… -éstas fueron las últimas palabras que oí de Andrée-

Permanecí unos instantes inmóvil en el andén, hasta que la locomotora arrancó escupiendo humo y negro vapor a bocanadas. Una mano agitándose por la ventanilla en señal de adiós fue lo último que recuerdo mientras el tranvía de Limoges se alejaba entre los álamos. Sentí por un momento, cómo me flaqueaban las piernas y me agarré con fuerza al pañuelo que llevaba entre las manos. Allí, sola en el andén… aquella fría mañana de mayo.
S.T.


24/10/09

REVISTA C.B.N. REVISTA D'ART CONTEMPORANI I ESTÈTICA



http://humanistaeintelectual.blogspot.com/2009/10/hecho-desde-y-para-el-arte.html

11/10/09

Herta Müller. EL HOMBRE ES UN GRAN FAISAN EN EL MUNDO.


http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/200910/08/cultura/20091008elpepucul_1_Pes_PDF.pdf

21/09/09

EL MUNDO EN UNA LÁGRIMA



Llueve.
Llueve sobre las ruinas de las ciudades perdidas.
Te encontré entre el blanco sudario de la escarcha de tus ojos
y me regalaste el oscuro abrazo de las profundidades.
Hoy el sol secó para siempre tu alma en desiertos abrasados de silencio
para morir en brazos de la tiniebla.

Llueve sobre las ruinas de las ciudades desiertas.
Los ángeles cabalgan a lomos de tortugas.
Perdí mi alma por los rincones del tiempo en los negros nudos del olvido,
mientras los hombres se lavan en la piedra de la desdicha.

Y sin embargo, llueve. Llueve en las ruinas abandonadas.
Mas, cuando la luna sangre y la escarcha se vuelva aurora,
regresaremos a aquellas ciudades quemadas
y volveremos a ser los fantamas de nuestras viejas miradas.

27/08/09

LA BARBERIA DE LA CALLE SEIS


La habitación de aquel hotel era verdaderamente penosa; muebles medio rotos y una cama con los muelles desventrados. Pero no importaba, había llegado hasta allí con unos pocos euros que le había prestado su amigo Martín.
La ciudad estaba casi desierta, las calles vacías y el asfalto parecía achicharrado bajo aquel sol implacable de agosto. De vez en cuando, los perros merodeaban por los basureros en busca de huesos y despojos. Se limpió el sudor de la frente con la mano y, de repente, notó el olor de la axila entre el aire sofocante de la tarde. Mañana se pondría el traje. Esperaba poder caber dentro después de tantos años. Y se pondría también la corbata. La ocasión lo merecía y quería estar presentable para mañana. Los puños de la camisa y los botones de la chaqueta le devolvían a la memoria imágenes y vestigios de un pasado que ahora le parecía lejano: cenas y reuniones con clientes, luego los dos niños, luego María y luego el divorcio. Pero no, mañana volvería a empezar de nuevo. Todo iría a cambiar mañana.
Siguió las instrucciones de un plano de la ciudad que llevaba en el bolsillo. Giró la segunda calle a la derecha. Los comercios estaban cerrados y el aire olía a basura y a moscas. Salieron a su encuentro dos chiquillos de mirada salvaje y atuendo sospechoso. Lo miraron al pasar susurrando algo inaudible entre ellos. Por un momento se reprochó a sí mismo el haber sentido miedo. Dobló una esquina más y entró en un barrio algo más adecentado. Más allá de una pequeña tienda de ultramarinos vio una vieja barbería de las de antes. “Peluquería Raimundo”, se leía en el toldo que protegía la ventana del establecimiento. Apretó el paso. Empujó la puerta. No había nadie. El local estaba en penumbra y reinaba el silencio. Era raro; en el motel le habían dicho que el viejo Raimundo trabajaba hasta tarde.
Oyó unos pasos a su espalda y se volvió. De la trastienda apareció un hombre, para su sorpresa, nada viejo.
-Está cerrado –dijo enjuto y seco el hombre.
Por un momento, sintió una punzada de desaliento; sabía que si no iba aseado mañana, perdería la oportunidad a la que tanto le había costado llegar, así que sacó todas sus viejas armas de persuasión.
-Venga amigo. Vengo de fuera y eres el único que tiene el comercio abierto a estas horas.
Y sin dejar que el hombre reaccionase, de una rápida zancada, se dejó caer en el sillón de cuero rojo de la vieja barbería, arqueando el cuello para indicarle cómo quería el recorte de pelo.
El hombre enjuto lo miró por unos instantes visiblemente contrariado pero, finalmente, cogió las tijeras. “Bueno, lo conseguí” –pensó repantigándose en la silla de barbero. Respiró tranquilo y se relajó mirando a su alrededor. Entonces lo vio todo. Vio al viejo Raimundo maniatado y amordazado que asomaba tras la puerta de la trastienda. Y vio al hombre enjuto y sus enormes manos ya muy cerca de él… el acero brillando entre sus dedos.
S.T.
(C) http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/


08/07/09

MALETA DE VIAJE


La luna rota... valles encubiertos... tu risa
-Me encontraste. ¿vienes conmigo?
Aves del paraíso... la suave brisa de tus labios...
revoloteo de mariposas. Y tu risa.
Senderos abiertos... páramos verdes de hierba fresca en primavera...
el volcán encendido de tus pupilas...
susurros de estrellas adormiladas. Y tu risa.
-Sígueme -me dijiste-.
Noches estrelladas en campos de trigo...
cumbres nevadas en horizontes de sal... ...Y tu risa, siempre tu risa.
S. T.
(C) http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/

04/07/09

AULA DE ESCRITORES

03/07/09

CIEN AÑOS PARA UN ADIOS


"La sentencia del caso Survey and Brothers Limited dictamina como culpable a Samuel R. Stevens. Stevens de 59 años es condenado a treinta años de cárcel por el secuestro y posterior asesinato de su socio Paul M." Samuel sintió un extraño temblor en sus sienes por un instante. Sus ojos escrutaron incrédulos todos los rincones de la portada del periódico que, medio roto y mojado por la lluvia, había recogido del suelo. Con un nudo en la garganta, clavó sus pupilas en la foto de la portada. Sí.... no había duda... -tragó saliva-... aquella expresión medio perdida y los lentes redondos de pasta eran suyos, pero... ¿cuándo había usado él aquella ropa?-se preguntó-... Mejor aún, ¿qué tipo de ropa era aquella?
Como empujado por una fatal premonición, sus ojos buscaron desesperadamente la parte superior del diario... Samuel pareció vivir un instante eterno. Apenas pudo ver la fecha de edición de aquel maldito hatillo de papeles impresos... Compulsivamente fué pasando una a una las páginas hasta hallar una que estuviera medianamente seca. Eso fué casi a mitad periódico "Jueves 30 de mayo de 1931".
-"No, no puede ser...-balbuceó-
Samuel miró a ambos lados de la calzada como buscando un detalle que lo devolviera a la realidad. Apenas se divisaban carruajes a lo lejos y los pocos transeúntes que caminaban por la calle se apresuraron buscando cobijo bajo las cornisas de algunos comercios cerrados.
Aquella tarde Samuel había decidido ir paseando hasta la vieja imprenta de Eldford Street. Se había atado la gabardina bien fuerte y una raída bufanda le protegía el cuello de la pertinaz llovizna londinense, que se empeñaba en colarse hasta sus desgastados y cansinos huesos. Con sus manos trémulas por el frio, apenas si logró desatar uno de los botones de su gabán. Sus dedos se deslizaron buscando uno de los bolsillos de su chaleco en busca de su reloj.
-"Las cinco y media. Claro!, el café de Patrick... cómo no se me había ocurrido antes...-pensó Samuel-
Sus pasos se apresuraron, contó tres esquinas y giró hacia Burlington Square en busca del café donde solía pasar las tardes.
-"¿qué te trae por aquí, viejo truhán? -dijo una voz procedente de un sucio mostrador de madera abarrotado de vasos y botellas de anís a medio llenar. Samuel dirigió su mirada al viejo calendario con estampas de Londres que Patrick colgaba tras el mostrador cada Año Nuevo. Por entre el humo del local pudo atisbar; era el 19 de abril de 1828.
-"Hoy Robert, el abogado de los Johnson y el viejo Nick preguntaron por tí. Estuvieron jugando a las damas un rato. Eh !! ¿no te quedas a tomar un trago?
Samuel dió media vuelta y se dirigió hacia la puerta... "Ya hablaremos, Paul"...-dijo con un hilo de voz-
El camino hacia la imprenta le pareció interminable... y aquella maldita lluvia no paraba de colarse por entre sus lentes. Al cruzar el umbral, desató furiosamente su bufanda y corrió hacia su despacho. Ahora le parecía el más minúsculo del mundo. "¿Donde lo habré metido? Maldita sea!..." -pensó-. Con un ímpetu desconocido para sus desconjuntados huesos empujó las pilas amontonadas de sus libros, cuadernos y cachivaches. "Tiene que estar aquí... juraría que lo dejé aquí..." -pensaba mientras revolvía el cajón superior de su escritorio-. Finalmente, bajo unas facturas y pagarés vió su cuaderno de apuntes. Lo abrió con ansiedad. Leyó en silencio las notas de la última semana. "Sí,... aquí está..." -pensó- pasó dos o tres hojas y leyó; "25 de abril, recibir a Paul Martinsen. Precio de las acciones, 4 libras". Sacó del bolsillo de su gabardina el periódico que había encontrado hacía un rato en el parque y volvió a leer con atención la portada. "Stevens de 59 años es condenado a treinta años de cárcel por el secuestro y posterior asesinato de su socio Paul M."
-"Paul M., Paul M...." -repetía mentalmente- y el nudo en la garganta pareció nublarle la vista y el entendimiento.
Recordó que tras la estantería de libros, aún guardaba una vieja botella de whisky. Últimamente, con las deudas y su dolencia de huesos, ella había sido su único refugio.
Le habían hablado de un comerciante de licores de Yorkshire que estaba interesado en comprar la vieja imprenta que tantos años habían llevado los Stevens.
-"¿Pueden el whisky y las deudas embarcarte en la locura?... -pensó por un momento Samuel tragando otro sorbo de alcohol. Pero cien años eran mucho para su locura febril; aquello era 1828 y no 1931.
-"En seis días, venderé el negocio familiar y liquidaré todas las facturas... pero la sinrazón ¿cómo hipotecarla? -pensó- ¿cien años hacia el futuro serán suficientes para un viejo loco como yo?. Y cerró los ojos abandonándose a su desconsuelo y su desazón.

Un mes después, en mayo de 1828, la olvidada imprenta Survey and Brothers Limited cerró. Hasta tres negocios intentaron sobrevivir en aquel lugar maldecido por la locura y el olvido. En 1894, un comerciante textil del sur de la ciudad, devolvió a la vida la vieja Eldford Street con una sombrerería que fué reclamo en todo Londres por sus modernos aparadores de vidrio. Jamás se volvió a saber de Stevens.
S. T.

21/06/09

Técnicas Narrativas Actuales 2

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01/06/09

LOS YERMOS DEL OLVIDO


Llenaste de yermos páramos las llanuras arrugadas de mi alma
bebiste de un sorbo el líquido amargo de los atardeceres de mi infancia
y encarcelaste en torres de grana y oro el marfil de tu risa negra.
Pero no importa cuán escarpadas sean las lontananzas lomas
ni cuán lejos se duerman las chispeantes estrellas del alba,
yo recorreré el sendero de tu olvido y las hojas secas de tu ausencia.
El porque de tus silencios consume las brasas de mi esperanza.
Te marchaste con el acertijo de las preguntas que jamás fueron hechas
y ahora regresas desde el frío invierno del alma oscura.
Pero tu nombre es mi nombre, tu sangre la mía
y no habrá páramos desiertos, ni líquidos atardeceres…
y no habrá doradas torres de olvido
que me separen de la senda de tu destino.
Y cuando las estrellas del alba duerman y las hojas secas del camino renazcan
yo recorreré el yermo de tu olvido
y te devolveré a la verde pradera húmeda de tu nombre y el mío.
S.T.

PEQUEÑO DICCIONARIO DE ZAFIEDADES

AHORRO = aplazamiento de la esperanza BOSQUE = estrategia de distracción del árbol CIENCIA = ficción en rigurosa primícia DESEMPLEADO = individuo que carece momentáneamente de la oportunidad de ser explotado DESAFÍO = amenaza encubierta de despido laboral ENSAYO = pensamiento en tiempo real FACEBOOK = sistema de espionaje en el que los espiados colaboran con sus vigilantes GARGANTA = campanario íntimo HEAVY = mutación imprevista del ruido INFANCIA = ciclo vital que dura lo mismo que la vida de los progenitores JOYA = pequeñez desproporcionada KILOMETRO = milla que, por cansancio, se detiene a mitad camino LITURGIA = acto de creación del objeto adorado MÁSCARA = realidad voluntaria autoconfeccionada NARIZ = apéndice olfativo capaz de detectar la presencia de un cirujano plástico OSTENTAR = soñar con que se exhibe lo que jamás se podrá tener PAREJA = duo impar de dos mitades perfectamente enteras POSTERIDAD = asunto de interes para tres clases de hombres: los muy ancianos, los demasiado jóvenes y los estúpidos REGRESO = ingenuidad cronológica RETO LABORAL = trabajar el doble por la mitad SOLAPA = vida imaginaria del escritor TOLERANCIA = versión diurna de la intransigencia ÚLTIMO = turno melancólico VACIO = observación permanente de un mismo objeto hasta que se colma ZAFIEDAD = sinceridad demasiado inoportuna

25/03/09

DE UTOPÍAS, PÉRDIDAS Y OTROS RECUERDOS


A veces llega un momento en que te haces viejo de repente, decía una canción al hablar de dolor, pérdidas y otros desencuentros cuando ya no hay vuelta atrás para la remisión. Es irónico, pero te puedes pasar la vida buscando quimeras y la vida va, y te clava un puñal sin avisar.
El domingo sonó el teléfono... Hace una semana mataron de un navajazo a Nacho. Iba con unos colegas de cervezas y a la salida de un Pub, intentaron intimidarle. El sacó su chirriosa voz de cazalla regurgitada, cuando, no sé por qué rincón, asomó el filo de un cuchillo y, de un plumazo, le desgarró el costado. Nacho era un viejo rocker, huérfano de afecto, musiquero hasta la médula; vivía por y para su guitarra. Era amigo íntimo de un chaval que, años después, acabaría con sus huesos en la cárcel por un lío de drogas. Siempre soñó con vivir al borde del abismo...
Se te encogía el alma de pensar en sus excesos. “Vives demasiado despacio, pequeño bichito –como él me llamaba- y sólo tienes un abrir y cerrar de ojos para vivir”. Siempre se revestía de una solemnidad típica de hermano mayor cada vez que me decía estas cosas, casi siempre con los ojos entornados tras la nube de su cigarro, cada vez que tomábamos café a la salida de la Facultad.
Recuerdo que me hablaba de sus sueños; montaría un grupo de rock con “El Pintas” y el bonachón del “Botas”. Vestíamos camisas de franela y nuestras madres se mortificaban de vernos cada día con tejanos sucios y medio raídos. Nada importaba entonces. Nacho y su panda, malbarataron su juventud en la calle, en la noche, en el exceso... Vivió la cocaína, las bandas, las peleas en la noche, el Rock&Roll empaquetado en vinilo y, sobre todo, aquella vieja utopía que nos perseguía a todos.
Ahora un furtivo cuchillo ha acabado con aquella utopía. Aún me parece oír su voz cantando a grito quebrado viejas versiones de Los Ramones. Después vinieron las manifestaciones y las huelgas en la cantina de la Universidad. No entendíamos muy bien qué diantre era todo aquello, pero olía a rebeldía y libertad y aquella adrenalina, gritada a toque de pulmón, daba sentido a nuestras vidas entonces. Pero eso fue entonces, sólo entonces…
Nacho era un superviviente de sí mismo; unos años antes le había tenido que enseñar los dientes a la muerte; un cáncer podría las entrañas de su madre ante la mirada impávida de un padre alcoholizado de derrotas y maltrato. Jamás fue capaz de digerir aquel trago... y años después, su tendencia a vivir sin medida y al desaliño nos arrasó a todos... Parecía predestinado a brillar en la música de sucios tugurios, pero el afán por lo desbordado pudo con él.
Le encantaba disfrazarse de decadencia y fracaso hasta rayar la obscenidad. Se emborrachaba por las tardes, gritaba despropósitos por doquier y hablaba de un extraño amigo suyo yanki que un día vendría a llevárselo para hacer las Américas en moto... Un tiempo después, le habló de amor a una chiquilla de ojos gitanos y cabello negro que le dio un hijo escuálido, inquieto y enrabietado.
Nacho era así; excesivo hasta en su persona. Era una performance de sí mismo. La pasión se le escapaba por los ojos mientras aumentaba su esperpéntica e ingente colección de motos, escándalos, rubias y fracasos.
Y la cosa no terminó bien; no podía terminar bien. Empezamos a perderle de vista. Unos contaron que intentó suicidarse, otros le vieron en algún antro oscuro mal vestido, y con la barba empapada de vodka y desamor, otros que se escapó de sí mismo a lomos de un billete a Kansas... Se estaba convirtiendo en un esperpento de su propia sombra hasta quedar aniquilado... desmenuzado a pedazos.
Luego se precipitó todo... y a todos nos despertó, de repente, la década de los “40 y tantos”... No sé quién ya dijo en alguna ocasión que cumplir los 40 es atravesar la línea de la sombra, el momento en el que descubres que no hay quimeras, que no hay grandes sueños; sólo realidad a borbotones. Y nos dolieron aquellas pérdidas... y nos dolieron aquellos años en que nos asustaba el hastío y nos deleznaba la rutina.
Hoy vuelve a ser Domingo de nuevo, y.... ya hace una semana que le cortaron la utopía a Nacho. Se nos acabó el sueño de una vida al borde del abismo... y nos empachamos de “realidad” sin remisión, sin vuelta atrás…
S. T.

01/03/09

REVISITANDO LOS CLÁSICOS: EL REMAKE COMO SUBVERSIÓN DEL DISCURSO DE AUTORIDAD Y OTROS SIMULACROS DE LO REAL

LOS PASOS PERDIDOS: EN TORNO A LA REPRESENTATIVIDAD DE LA VIOLENCIA EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO

28/02/09

EL LIBRO LAVERNIA CIENFUEGOS Y ASOCIADOS GANA EL PREMIO TYPE DIRECTORS CLUB

LAVERNIA CIENFUEGOS Y ASOCIADOS



Silvia Tena y Wences Rambla: Lavernia, Cienfuegos y Asociados: De la imagen al producto, DISVA XXI. Universitat Jaume I.
Dentro de la serie sobre diseñadores valencianos, aparece este volumen sobre uno de los estudios de referencia en Valencia y España: Lavernia, Cienfuegos y Asociados. El libro se estructura en varios capítulos complementados con algunas de las imágenes más conocidas diseñadas por Lavernia y Cienfuegos a lo largo de su carrera. Así, el volumen comienza con una pequeña introducción a la historia del diseño en la Comunidad Valenciana en que la modernización derivada de la apertura democrática provoca una serie de consecuencias en torno al diseño y a su proyección, reflejado en las primeras asociaciones, grupos y exposiciones. La segunda parte se dedica a La Nave, con la que cristaliza ese primer periodo y se configuran las bases del diseño valenciano hasta la actualidad, como se puede observar en la creación de logotipos e imágenes corporativas de las principales entidades públicas y privadas de la región. En La Nave van a participar algunos de los diseñadores referenciales del posterior panorama español; la individualidad de éstos va a provocar su disolución a principios de los años 90. Es a partir de este periodo cuando podemos hablar de los proyectos globales de diseño de Lavernia, Cienfuegos y Asociados. En este sentido el libro abre una serie de memorandos en los que se recorre los diseños más importantes del estudio con empresas de referencia como Sánico, María José Navarro, ONA, RNB/BABÉ, Auta, Aigua de Valéncia, Cafés Valiente, Alcuás, Grupo Iber o Bancaixa entre otros. Cada uno de estos pequeños capítulos lleva una serie de comentarios en torno a la gestión del proyecto y aparece profusamente documentado con la conclusión y aplicación de los proyectos. El libro se complementa con capítulos dedicados a la composición en la base y el factor emocional de su diseño, las marcas, logos y señales, la filosofía de trabajo y un pequeño anexo documental que recoge algunos de los textos más importantes de toda la historia del estudio. Un interesante libro, ameno, bien construido y bien documentado, tanto gráfica como textualmente, que recoge la historia de Lavernia, Cienfuegos y Asociados que es, a su vez, la historia del diseño valenciano y, por ende, la del diseño español contemporáneo.